Andén y tren arribando

“Unos quieren subir, yo me quiero bajar, si no saben qué hay arriba dejen de fastidiar”

Aleks Syntek

(Foto: eleconomista.com.mx )

Hablaba el otro día de la ciudad subterránea que se extiende bajo las calles. El Metro es una estructura apabullante con reglas propias por una parte y con normas comunes por la otra. Hay todo un compendio de comportamientos que son muy interesantes para observar y comentar. Aquí les dejo algunos.

1. ANTES DE SUBIR PERMITA BAJAR.- Existe una calcomanía con este aviso colocada en todas las puertas neumáticas de los vagones desde que se inauguró el subterráneo; es una de las reglas más conocidas y elementales a 20 metros bajo la superficie. Sin embargo, el sentido común se le niega a una cantidad importante de gente que va a subir y que prefiere colocarse justo enmedio de la puerta (cada vagón, de los nueve que componen los trenes posee cuatro puertas corredizas dobles en cada costado, más las sencillas de los conductores) a ver si con eso, los que bajan se hacen a un lado y les dejan libre paso. Esto divide la capacidad de salida de los que descienden y por lo tanto entorpece bastante el desalojo del vagón. En parte es necedad, en parte es ansiedad y, lo más preocupante, la idea de que el que asciende tiene más derecho que los que llegan a la estación.

Junto con pegado, hay quienes prefieren llevarse sobadas y reclamos en su ímpetu por subir antes que hacer caso a la famosa calcomanía, porque el cierre de puertas les provoca temor. Este comportamiento propicia malestar y roces muy frecuentes. Antes de subir, permite bajar: es simple. Ah, y si no cabes, el siguiente tren llegará de 2 a 5 minutos después, en promedio.

2.- ANTICIPE SU BAJADA.- Claro, la contraparte, y muy costosa en términos de flujos es producida por aquellos que con gran “concha” y una inoperancia cerebral digna de estudio psicológico —que no presentaré aquí— viajan sentados, ya de por sí afortunados de encontrar asiento, y que por inexplicable que parezca se levantan ya llegando a la estación o, lo que es más alarmante, ¡hasta que se detiene el vagón! ¿Qué pasa con los que van a subir? Por instinto y costumbre, los que esperan en los andenes ven llegar el tren y poco a poco miden qué puerta les quedará más cerca. Esto implica calcular rápidamente cuánta gente viene apeñuscada y de a cómo tocará la subida. De ahí que hay quienes de antemano prefieren esperar al siguiente vehículo. Pero volviendo al punto, si al llegar el tren, estimas en la puerta a 8 o 10 personas enfiladas para bajar, te arrimas como buen usuario a un ladito de la puerta y supones que bajan en unos cuantos segundos, pero ¡oh sorpresa! : ya para subir, ¡siguen saliendo y saliendo! Pegado a la entrada una parte sólida del armazón del carro (entre ventanas y puertas) no permite apreciar al segundo grupo que ¡apenas se levantó de sus asientos! Esto constituye un abuso del derecho a bajar primero. Lo he observado detenidamente; es pasmosa la frialdad del que deja su asiento hasta que el tren para y peor en horas muy concurridas. ¿Quién lo hace? No hay perfil de edad ni sexo que pueda señalarles: jóvenes, parejas, gente que viaja sola, personas mayores, familias… el que ustedes me digan. Es sencillamente, una falta de sentido común, un desprecio por el tiempo de los demás y la ignorancia de que el pequeñísimo lapso de apertura y cierre de puertas es para que bajemos y subamos. En ocasiones, hay quien termina saliendo y un paso atrás se cierran las puertas con su característico golpe amortiguado. Sí, sí, hay quien baja fuera de tiempo porque olvidó que ahí era su parada, pero son los menos.

Mientras esto sucede, los que suben deben apurar el paso y empujar al de enfrente para apresurarlo. Yo prefiero no hacerlo, pero algunas veces me resultó inevitable porque ¡los de atrás también quieren subir!

El letrero de Anticipe su Bajada no existe en el Metro porque éste se detiene en cada estación aunque uno no quiera; lo tomo prestado de los camiones y microbuses a los que se pide bajada mediante un timbre. Aquí aplica, ¿no lo crees?

3.- PROHIBIDO SENTARSE EN LOS PASILLOS DE INTERCIRCULACIÓN.- ¿Dije sentarse? ¿dije pasillos? Ok, claro. Hay trenes nuevos “Fabriqué en France” muy modernos cuya mayoría recorre la Línea 2 y tienen mayor cupo. Estos están intercomunicados con gusanos de neopreno e igual articulados como los modelos viejitos para tomar bien las curvas de las vías. Esto resulta un festín para los vendedores ambulantes, ya que les evita la molestia de bajar al andén y cambiarse de vagón. Muy prácticos. Pero hay quien se sienta ahí, en el piso ahulado, y aquí sí hay un grupo identificado que apunta a los jóvenes con vaga vocación y a los niños de 6 años en delante con permiso o sin permiso de sus papás que no les ponen ni tantita atención. Pero no sólo se sientan en el pasillo de intercirculación -útil para todos los usuarios- sino en el piso de cualquier tren de cualquier línea en las zonas de puertas del lado que no baja la gente y a veces del lado que sí. ¿Qué molestias conlleva? Los aplatanados dificultan al que se mueve para cambiarse de lugar o bajar ya que debe calcular para librarlos y no darles un pisotón; mucha de la gente los respeta o tolera (no sé) aunque les represente moverse muy cuidadosamente. Esto es estrés adicional. Lo mismo, claro, para el que sube y busca acomodo, ya que en cada puerta izquierda (en pocas estaciones abren) se alojan de 4 a 6 personas de pie con acceso a tubo de seguridad y los sentados roban el espacio de dos y hasta de tres por cada flojo. Todo se reduce a la falta de respeto y a la increíble modorra de ciertos paisanitos que, de nueva cuenta, se sienten con el derecho de incomodar a los demás, ¿qué más les da?

4.- ESPERE EL PRÓXIMO TREN.- La teoría dice que viene más vacío. Y sí. A la larga así es. La tremenda desesperación y la prisa, mala consejera, arrojan a muchos a subir a lo insubible. A ciertas horas, en ciertas direcciones de ciertas líneas, es más que un sardinero. Puedo decir que mi récord es haber dejado pasar 8 trenes, el tiempo perdido (o mañosamente invertido) sólo 14 minutos. Entre el octavo y el noveno, parecía que habían metido con calzador a los pasajeros de uno y desalojado a los del otro en una estación previa, ya que era dramática la diferencia de aforo. De no creerse. Así es el Metro al final, los cambios de lleno ocurren muy rápido. Muchas ocasiones sólo hay que dejar pasar uno y hacerse la vida más fácil en el siguiente. Sucede un efecto curioso que se extiende al transporte de superficie también: el usuario se sugestiona al ver semejante lleno creyendo que así está la cosa. Se alarma porque el que sigue podría estar peor y eso lo orilla a subir al que venga ¡y como venga! El otro día una puerta le agarró el zapato a un compatriota que se deshacía por subir… y casi se deshace. Bastante chusco el espectáculo, porque quedó todo él afuera y con su pie atrapado a punto de marchar el carro. Al final se zafó (venía ya un policía a socorrerlo) resolviendo todo con la peculiar sonrisa que acompaña a la regada. Pena ajena. Y no es el único; ropa, mochilas y otras pertenencias viajan a diario de fuera porque los atrapó la “reja”. Pues bien, siempre se pueden dejar pasar uno o dos o tres trenes —si no es de vida o muerte el compromiso que espera— y notar que es mejor perder 10 minutos que perder la calma y arriesgarse a un trayecto miserable.

En la siguiente parte platicaré de los tejes y manejes en pasillos, escaleras y otros puntos y cómo nos comportamos los felices metristas. Mientras ensayaré mi derecho a tomar fotos para subir imágenes sólo de mi autoría.

¡Saludos democráticos!